¡DE LOS QUE SE LLAMAN BAQUIANOS!
 

Para escribir este artículo se invitó al Sr. Karl Weidman, seguramente conocido por muchos de ustedes gracias a sus libros de fotos de Venezuela, o por su libro Memorias de un Trotaselvas, una narrativa de sus viajes en kayak por los ríos venezolanos, galardonado como el libro venezolano más vendido del año 2002, de lectura obligada para los amantes de Kayak y de la naturaleza.
En una de mis repetidas visitas a Kavak, quería volver al primer escalón del Auyantepui, que se encuentra por encima de la cueva del Kavak. En el caserío que hay ahora junto a la pista de aterrizaje, busqué a un joven indio Pemón, para que cargara mi pesada maleta de cameras. Él dijo conocer el camino que nos conduciría al sitio que yo le indicaba, siendo uno de los baquianos de esta región.

Pronto emprendimos la caminata por un sendero poco inusual, y arribamos a un punto donde hay una gran roca entre cascadas de poca altura, y lo reconocí en seguida: allí estuve con el capitán Boris Kaminski hace muchos años. En aquel entonces no había turismo y Boris fue uno de los primeros que aterrizó ahí, cuando aún no existían casas en el lugar.

Boris me contó que según los Pemones, esta gran roca entre los saltos era el asiento de un espíritu muy importante y potente, y al que se suba a la roca, le traerá mala suerte; y como Boris no cree en la mitología Pemón, lo hizo.

 
En la tarde de ese día, en la vecina pista del Salto Aicha, rodando lentamente, una de las ruedas de su avioneta dio con una piedra que no era visible desde el asiento del piloto, y se dobló el tren de aterrizaje hacia atrás, por lo cual el ala derecha bajó tanto que la hélice tocó tierra. No era posible despegar sin ayuda técnica ni hélice de repuesto. A pesar de ello, me cuesta creer que tal episodio haya sido producto de la venganza del espíritu de la roca.
Volviendo a mi paseo con el baquiano, le dije que éste no era el lugar a donde yo quería ir, y seguimos ascendiendo hasta llegar a la toma de agua de la Misión de Camarata. Le expliqué que ésta tampoco era mi meta, sino más arriba. Mi guía Pemón, que nació en Camarata (a 15 kilómetros de este sitio) me aseguró que no se podía subir más. Pues el camino se terminó ahí, pero tomé el machete y lo invité a seguirme. Después de diez minutos, llegamos a una planicie extensa, abierta y con unas palmas moriches, y al pequeño río que más abajo forma las cascadas y la cueva Kavak. Mi gran Baquiano quedó al mismo tiempo perplejo y encantado de la belleza del lugar, en el primer escalón del flanco sureste del Auyantepui: no conocía su existencia.


¡Tronco de Baquiano!

 
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